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Guerra en Ucrania y a seguir matando

Actualmente están activos muchos conflictos armados, invasiones militares, ocupaciones, guerras, guerrillas y otras variedades de violencia con armas y sin armas en todo el mundo. ¿Por qué debemos fijarnos en lo que está sucediendo en Ucrania? Porque hemos presenciado muy de cerca el inicio de una guerra más y podemos comprobar que ningún argumento es válido para entender que la diplomacia haya fracasado —una vez más— y que el enfrentamiento armado de dos poblaciones sea todavía hoy una opción posible.


No voy a entrar a comentar los intereses económicos, políticos, geográficos o supremos de los países de la Unión Europea, de EEUU, de la OTAN, de Ucrania o de Rusia. Voy a ir a la raíz del tema: no solo están entrando en acción militares, que son personas entrenadas para seguir órdenes, capturar o matar a otras personas que consideren enemigas, sino que están armándose personas que llamamos "civiles" (no militares y cuya definición también es sociables, atentos, afables). Apenas habían pasado unos días desde que se iniciaron los ataques, que ya estaba sobre la mesa la obligatoriedad para los hombres de alistarse para ir a matar a quienes creen que son sus adversarios.


No puedo dejar de preguntarme por qué idea o por quién estaríamos dispuestos a dar nuestra vida o a acabar con la vida de alguien. Para una persona que no come animales, porque valora la vida de todos ellos —y no ignora que se puede vivir sin consumir nada que implique su explotación— plantearse matar a alguien es cuestionarse un dilema ético ya solucionado. Me niego a matar. Esta es mi postura y por eso esperaba que las personas de la población ucraniana tardasen un poco más y les resultase más difícil agarrar un fusil entre los brazos e incluso posar con una medio sonrisa ante una cámara. Tanto militares como civiles voluntarios. ¿Tan claras tienen las razones para matar?


¿Cuándo está justificada la violencia? Tal vez cuando recibes una agresión directa y defiendes tu vida o cuando eres testigo de una agresión y acudes para defender a quien está sufriendo. Sin embargo, cuando la agresión la dictan dos o más estados y se vuelve una obligación impuesta, ¿por qué la apoyamos? ¿Por amor a un concepto cuestionable de patriotismo? ¿Por amor a unos ideales? ¿Qué ideales están por encima de la vida de los demás? ¿Podemos justificar matar a quienes no piensan igual que nosotros?


Cuando pienso en Ucrania y en Rusia no considero que hay dos bandos, pienso en miles de personas que están sufriendo o sufrirán. Imagino a personas obligadas a abandonar sus vidas para dedicarse a intentar sobrevivir día tras día. Algunas personas no tienen recursos para abandonar el país que está siendo invadido y se refugian donde pueden. Otras personas huyen del país. Pero ¿dónde van a ir? La mayoría no tiene familiares que puedan acogerles en otros países.


Los gobiernos de varios países europeos les ofrecen asilo, pero, ¿durante cuánto tiempo? ¿Bajo qué condiciones? ¿Les darán un hogar como el que tenían? ¿Encontrarán un trabajo como el que desempeñaban? ¿Por qué pueden arrebatarnos una vida construida con nuestras ilusiones, esfuerzos, logros y fracasos? ¿Por qué todavía estamos sujetos a los deseos de dirigentes que demuestran un nulo respeto por nuestra dignidad y nuestras esperanzas?


No es cuestión de estar a favor o en contra de unos u otros argumentos. Se trata de entender que ninguna razón debe justificar matar por matar. Un conflicto armado es negar vidas ¿para qué? Estamos en el siglo XXI y además de haber conflictos que implican armas, hay que atender también aquellos que se desarrollan con armas invisibles, pero que conllevan el sufrimiento e incluso la muerte de miles de personas a nuestro alrededor. Desahucios, desempleo, abusos laborales, abusos sexuales, discriminaciones, inmigración forzada desatendida y desesperada en busca de una oportunidad para vivir en paz. ¿No hemos aprendido todavía que la negociación, la cooperación y la diplomacia son la única vía para conseguir algo necesario que nos interesa a todos y a todas?


Más nos vale aprenderlo, porque la guerra que no podremos detener es la que hemos comenzado causando el calentamiento global. Una de las consecuencias más inminentes y predecibles hoy es el desplazamiento masivo de la población de áreas que quedarán sin recursos de todo tipo a zonas donde aún queden. ¿Qué vamos a hacer? ¿Seguir dejando que mueran personas ahogadas, de frío o de hambre que buscan una manera y un lugar para sobrevivir? ¿Los iremos matando a medida que vayan llegando en los próximos años? ¿Usaremos un criterio físico o basado en nacionalidades para acoger o rechazar a las personas? Y cuando nos toque huir a nosotros, ¿aceptaremos que nos maten o nos nieguen nuestra última oportunidad en el destino al que intentemos llegar?


Esto se nos va de las manos. No tiene ningún sentido. No podemos seguir justificándolo todo como si no tuviese importancia o relativizándolo como si no fuese tan grave. El hecho de que algunas personas no hayan tenido problemas en coger un rifle para matar tan pronto demuestra unos valores equivocados que nos afectan y nos destruyen como sociedad local y global.


Para una persona que ha viajado lo suficiente como para apreciar diferencias culturales que desafían sus prejuicios, alguien que vive en un país diferente al país en el que nació, no tengo patria. Entiendo el concepto de nacionalismo, pero no tengo ningún sentimiento más fuerte que otro por ningún país. Defiendo y aplaudo cosas de Catalunya, del Estado español y de Francia —los territorios que más conozco—. Pero también rechazo muchas cosas de cada uno de ellos. Veo los defectos y virtudes de cada uno desde la pizca de objetividad que me ofrece la distancia.


Es respetable que alguien sienta orgullo y cariño por una tierra que considera especial y a la que cree que pertenece. Me gusta oír a quien me habla de su lugar de nacimiento como el más maravilloso del planeta. Pero este amor por una tierra no debería llevar a nadie a matar a otros individuos. Tal vez podríamos reconvertir ese sentimiento y hacer que ese lugar magnífico fuese el mundo entero. Todos y todas podríamos estar dedicando nuestras vidas a salvarlo, por el bien de sus habitantes presentes y futuros; no por un sentimiento individual, sino por una preocupación común hacia el prójimo, sea quien sea.


Estamos dejando que empresas contaminen a sus anchas produciendo cosas o alimentos que no necesitamos, dejamos que ocupen suelos para criar animales en condiciones pésimas con el único objetivo de matarlos, permitimos la consecuente deforestación que arrasa con los hábitats de especies animales en peligro de extinción. Vemos pasivamente cómo muere la biodiversidad que equilibra el ecosistema en el que vivimos. Pero estamos dispuestos a matar a personas que se ven inmersas en una situación violenta, extrema o desesperada como la nuestra.


Quizá debamos buscar la causa de esa agresividad irracional y aparentemente innata en los mataderos. Al margen de una necesidad económica, ¿por qué existe el oficio de matarife? Porque un día se consideró que matar a alguien en contra de su voluntad era necesario. Se inventaron razones sabrosas a las que nos volvimos adictos y se normalizó la matanza. De nuevo, gracias a un puñado de personas con intereses individuales nos creímos con el derecho de matar a otros diferentes a nosotros.


Crear vidas para matarlas o quitar vidas sin estar en peligro la propia no responde a ninguna necesidad y tenemos el deber de defender valores que nos lleven a la supervivencia de la mayoría. Es hora de condenar todos los tipos de violencia que no podemos ni debemos justificar hoy.


Mi abuela me decía que dos no se pelean si uno no quiere. Y cuando el uno que sí que quiere parece imparable, hay que buscar una manera de que deje de querer pelear. No se ha hecho nunca y tal vez este sea el motivo por el que seguimos matando y matándonos. No será fácil, pero sí es sencillo. Se trata de abandonar y rechazar todo tipo de armas y armamento. Negarnos a fabricarlas, transportarlas y manipularlas, negarnos a aplicar las que son invisibles y comprometernos a no matar ni en mataderos, ni en conflictos ni en guerras. Y negociar, negociar, negociar y negociar hasta llegar a acuerdos que garanticen que ninguna vida vuelve a correr peligro. A muchas personas les costará apoyar esta solución al principio, pero ¿y si funciona?.


La fotografía de este artículo es de Laura Muñoz @unbichoinquieto


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