• UnaLijadora

La gasolinera IV

¡Cuidado! Estás a punto de leer la cuarta parte de la historia La gasolinera. Te recomiendo que, si no has leído las anteriores, cliques en La gasolinera, en La gasolinera II y La gasolinera III para leerlas. Si ya lo has hecho... ¡Adelante!


Ya estamos. Es que en cuanto me pongo nerviosa, me meo. Y menos mal. Un baño con pestillo siempre es un lugar seguro. Qué alivio…


Mmmm… ¡Qué bien huele este jabón de manos! Vale, Elena, a ver, céntrate. Estás en casa de un Anulador de Exterminadores. Joder, pensándolo así, en frío, suena horrible. Nunca pensé que llegase a conocer a uno. Creí que sería capaz de hacer el cambio. Y me siento tan culpable que saldría de aquí con la convicción de no volver a sentir ni un ligero impulso de comer un solo trozo de animal el resto de mi puta vida. Este bochorno que siento tiene que valer para eso y más. Se tiene que haber equivocado conmigo. ¿Cómo me va a venir a buscar a mí? Cierto, es verdad, no me ha venido a buscar. Bueno, literalmente sí que me ha venido a buscar, pero tengo que creerle. No estoy en su lista. Tranquila, respira hondo… No estoy en la lista. ¿Cómo va a venir a por mí cuando hay tantas otras personas que todavía se empeñan en devorar sabores arcaicos y efímeros día sí y día también? Primero irá a por esas personas que van por ahí demostrando abiertamente que no han entendido nada. Hay que ser bastante ignorante para seguir negando que explotar animales es el detonante de la violencia en este mundo, entre otras cosas, claro. Yo flipo, pero sí, sí, van por la calle mordisqueando un trozo de pollo y gritan “¡Viva la carne y viva el jamón!” Dan vergüenza ajena, la verdad…


Espera, espera ¿qué estoy diciendo? ¿Acaso hay alguna diferencia entre comer mucha carne a la vista de todos o poca a escondidas? ¡Como si la cantidad importase! ¿Qué pasa, que si me como una alita de pollo es mejor que si me como una pechuga? A ver, Elena, que para comerte una alita o una pechuga ¡hay que matar al pollo! Y que sí, que cuanta menos carne comes, menos animales se matan, obviamente. Pero no me puedo sentir mejor por hacer algo “bien” o poco mal cuando lo puedo hacer mejor. Si con el mismo esfuerzo, consigo no comer absolutamente nada de origen animal ¿por qué voy a seguir haciéndolo? ¿Soy imbécil o qué? Merezco que vengan a por mí, está claro.


Y ya estoy otra vez donde siempre acabo: ¿Por qué seguir haciendo algo mal? Esta pregunta me azota cada vez que recapacito para frenar ese impulso por sentir ese sabor concreto en mi boca…


Joder, qué acertado fue hacer públicos todos los estudios que demostraban que comer carne y cosas de animales nos producía adicción. Cuando lo leí, entendí perfectamente el reto que tenía por delante. Para todo lo otro no hay que investigar mucho. Los animales sufren cuando les maltratamos y cuando les obligamos a estar en un sitio asqueroso y a hacer cosas que les causan dolor. Esto ya nadie lo puede negar. Bueno sí, lo niega la gente que se ha rendido a su adicción y sigue dispuesta a lo que sea para defender su “droga”. Pero vamos, que solo tienes que buscar un poco por Internet para ver vídeos que flipas. Ver a un herrerillo hacer su nido y cuidar de sus crías o a una ballena pasar el duelo por la muerte de una hija son imágenes que no olvidas. Es evidente que tienen emociones y una vida propia que, aunque no conozcamos al detalle, existe. Joder, es que, además, son muy inteligentes. El vídeo este de una hurraca metiendo piedras en una botella llena de agua para subir su nivel y poder beber de ella es impresionante. ¡La hurraca Arquímedes! No me canso de verlo…


Y mira, tampoco cuesta entender que es un despilfarro de recursos el criar animales para matarlos. Es que hemos llegado a criar un número tan elevado que literalmente nos falta tierra para cosechar el alimento que van a necesitar para crecer. Desde cualquier punto de vista y desde toda ignorancia ¡esto no se puede defender de ninguna manera!


Luego el tema de acabar en el matadero de por sí me parece aterrador. Vamos, ni en el mejor de los casos se puede excusar que existan mataderos. A mí me dan una vida de palacio, sin preocupaciones, con todas las comodidades que me apetezcan, seguridad, tranquilidad, etc. pero al final me llevan a un matadero y no acepto el trato. Primero que te metan en una jaula llena de otras personas, todas apretujadas ahí durante horas, sin poder ir al baño ni beber agua ni tomar comida. Después llegar a un sitio que apesta a sangre y vísceras y que te entre el terror de comprobar que no puedes escapar de allí. Por último, darte cuenta de que están matando a las personas que iban en tu jaula y que va a llegar tu turno hagas lo que hagas. Es un infierno se mire como se mire, hombre…


Joder, no puedo evitar llorar cada vez que me imagino estas cosas. A ver si Miguel me va a oír y se va a pensar que lloro por él. Bueno, por él no, pero por algo relacionado con él, sí. Ya me dirás ahora qué hago. Me gusta un anulador de exterminadores. ¿Cómo salgo de esta? Aunque no esté en la lista, he fallado. Aunque sea poco o menos que antes, sigo contribuyendo al exterminio. ¿Qué va a hacer conmigo?


No sé, yo no puedo verlo igual que antes. Pero ¿él me ve a mí igual que antes? En realidad, yo no le he ocultado nada y he confesado mis faltas… Un momento, solo sabe mi nombre, no mis apellidos. Entonces, ¿cómo sabía que había fallado? ¿Y cómo sabe que no estoy en la lista?


Bueno, bueno, bueno…de repente tengo los pelos de punta, náuseas y el corazón se me ha disparado de golpe. Tranquila, Elena, tranquila, respira… Estás en un baño, con pestillo, un lugar seguro.


Sí, sí, pero ¿cuánto tiempo puedo pasarme aquí sin que Miguel venga a buscarme? Mierda, joder, que hiperventilo, ya verás...







La imagen de esta historia es de Arek Socha.


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