• UnaLijadora

Prestar atención

No he estudiado nunca Biología, más allá de resolver pequeñas curiosidades en una enciclopedia o en un buscador de Internet. Sin embargo, mi encuentro con un ejemplar de vencejo un día a finales del verano pasado me llevó a conocer a un veterinario ornitólogo, que me explicó lo extraordinaria que es esta especie.


Sólo con tener el privilegio de sentir su mirada posada en mis ojos supe que aquel ser merecía todo el respeto y admiración humanos que podríamos darle. No tenía miedo, sino que aguardaba con paciencia y mucha atención lo que vendría de mi compañía. Mostraba curiosidad a la vez que la calma de alguien, que de alguna manera, sabe que puede confiar en quien tiene delante. No hizo ningún movimiento brusco, ni intentó escapar de mi lado. No me amenazó, ni me agredió de ninguna manera. Tampoco utilizó su lenguaje para tratar de comunicarse conmigo. Sólo me dio su mirada y esta le bastó para crear una conexión entre los dos. No hablamos, nos entendimos. Sin esfuerzo y sin duda, sabíamos que ambos teníamos buenas intenciones y nos estábamos ayudando.

Sólo me dio su mirada y esta le bastó para crear una conexión entre los dos. No hablamos, nos entendimos.

El veterinario me explicó que es una de las aves más veloces, llegando a alcanzar más de 100km/h en algunos casos. Un adulto mide entre 42-48cm con sus alas abiertas. Vive en el centro y sur de África y emigra a prácticamente todo el hemisferio norte durante el mes de mayo, cada año. Después, vuelve al país de los leones en agosto.


Lo más particular del vencejo es que tiene el récord de horas de vuelo sin posarse. Es capaz de hacer más de 7.000km de vuelo seguido, sin parar en todo el trayecto. Pueden llegar a estar hasta nueve meses volando, sin posarse para absolutamente nada. Beben, comen y duermen al vuelo. Son auténticos seres nacidos para volar. Tal vez por este motivo, sus patas son cortas y no sirven para caminar, sino para agarrar y agarrarse. Pueden posarse con ellas en superficies verticales sin dificultad.

Pueden llegar a estar hasta nueve meses volando, sin posarse para absolutamente nada.

Al conocer las habilidades de esta ave me he sentido pequeña e insignificante. Los humanos somos realmente limitados, muchos incapaces de orientarnos y ahora dependientes de una tecnología que nos debilita; física y mentalmente. Por un lado hacemos muchísimas más cosas sentados que caminando, como comprar, conseguir comida sin ir a buscarla o hacer trámites sin desplazarnos de casa. De esta manera nos condenamos a un sedentarismo que atenta contra nuestra salud. Por otro lado hemos dejado de hacer memoria, porque contamos con nuestro teléfono chivato que nos cuenta todo lo que queramos o necesitemos saber, en cualquier momento. Como consecuencia, ya no hacemos esfuerzos por aprender números, nombres, direcciones o rutas. Así se nos acomoda el cerebro y nos volvemos vagos incluso para pensar.

La única debilidad del vencejo es que al tener las patas muy cortas, si por algún motivo o accidente acaba en el suelo, tiene grandes dificultades para recuperar el vuelo. Aquel día, sin saber todo lo que descubriría más tarde, me detuve al lado de un pájaro que parecía estar en apuros. Decidí ayudarlo recogiéndolo con todo mi cuidado y llevándolo a un ornitólogo. Así aprendí todas las maravillas sobre los vencejos que he explicado. A las pocas horas, después de alimentarlo y comprobar que estaba sano, el doctor lo liberó dándole el impulso que necesitaba.

Privarnos de una visión en vivo y perder el resto de sentidos para percibir lo que nos rodea nos hunde en la ignorancia.

A menudo infravaloramos el poder de las miradas y olvidamos que las lecciones más importantes de la vida las aprendemos en contacto directo con los demás. Por este motivo, es necesario ser amos de nuestra atención y pararnos a pensar en qué la invertimos. Nuestra adicción a las pantallas no está justificada. Privarnos de una visión en vivo y perder el resto de sentidos para percibir lo que nos rodea nos hunde en la ignorancia. Si dejamos de prestar atención a nuestro mundo, dejamos de aprender y dejaremos de vivir plenamente con nuestro cuerpo.


Cuando nos caemos, ¿acaso no agradecemos la ayuda que alguien puede ofrecernos? Además, ¿no nos sentimos mejor cuando ayudamos a alguien a levantarse o a alzar el vuelo? ¿A cuántas personas estamos dispuestos a dejar de lado, por no ver que están en un aprieto? Si hubiese ido mirando mi móvil aquel día en aquel momento, no habría visto a aquel vencejo.

¿A cuántas personas estamos dispuestos a dejar de lado, por no ver que están en un aprieto?

Sin embargo, lo vi y conectamos. Al adentrarme en la mirada de aquella ave me sentí como ella, un ser más que vive en este planeta. Yo, simplemente le ayudé a despegar. Él me demostró que todos los seres que respiramos somos uno. Me hizo más grande el corazón y recordé lo importante que es cuidarnos los unos a los otros, así como cuidar del único hogar que tenemos y compartimos.


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