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Radiografía de un atropello

Se cumplen diez años desde que alguien me atropelló en una calle del Eixample en Barcelona. Ha pasado el suficiente tiempo como para superar mis traumas, olvidar miedos y dominar mi rabia para dejar atrás rencores. Hace años que no pienso en ello, pero se acerca esta fecha que marca una década desde el suceso y he decidido dejar por escrito los recuerdos que todavía hoy siento vivos. Me gusten o no, son una radiografía de muchas cosas que fallan en nuestra sociedad. Juzgad vosotros.

Los hechos son simples. Salí a correr un domingo por la tarde, crucé una calle y un coche me golpeó haciéndome volar por los aires hasta aterrizar rodando varios metros sobre el asfalto. Los médicos de la ambulancia me dijeron que tenía un esguince y me llevaron a un ambulatorio. Allí esperé más durante horas viendo pasar a toda persona que llegaba (porque todo era más urgente que un esguince) mientras pensaba: “¡Joder, cómo duele un esguince!”. Me mareaba por el dolor, pero aguanté. Cuando me hicieron la radiografía, vieron que tenía varias roturas en la tibia de la pierna derecha que afectaban al tobillo. Vi muchas caras de pánico y todo se aceleró de golpe. Avisaron rápidamente al hospital más cercano y me dijeron que entraba en quirófano. Nunca me había impactado tanto la palabra “quirófano”. Pero cuando llegué al hospital, era media noche y no me operaron hasta el día siguiente.


La operación de unas cinco horas fue muy bien, pero los doctores me dijeron que me mentalizase porque no sabíamos si iba a caminar como antes. Días después empecé las sesiones de rehabilitación, que tendrían lugar cada día durante un año en un centro de fisioterapia. Además, por mi cuenta, repetí los ejercicios y me esforcé también a diario, en el gimnasio, para recuperar la masa muscular de mi pierna y para mantenerme en forma durante un sedentarismo forzado. Estuve meses sin apoyar el pie en el suelo. Necesitaba muletas para todo y a alguien que me ayudara principalmente a trasladar cosas. Llevar un plato de comida a la mesa sin manos es un reto. Superé mi terror a cruzar cualquier calle que se pareciese a la calle donde me atropellaron. No volví a mi trabajo hasta pasado un año.

Dado que había puesto una denuncia al conductor del coche, busqué a un abogado para poder ir a juicio. Siguiendo su consejo, fui archivando la documentación relacionada con todos los gastos de mi recuperación que no cubría la seguridad social: rehabilitación durante todo un año, traslado de mi casa al centro de fisioterapia en ambulancia, taxi o coche según fui ganando movilidad, etc.


De repente, un día surgió una persona afirmando ser testigo del accidente. Declaró por escrito que yo llevaba auriculares, iba escuchando música, distraída y corriendo, y salí a la calzada sin mirar. Le faltó decir que me abalancé sobre el coche con deseos suicidas. Su mentira me hundió. Cuando salía a correr en aquel entonces, no llevaba ni móvil ni auriculares ni otros aparatos más que el cuentakilómetros más sencillo del mundo pinzado en mi pantalón. Y nunca he corrido escuchando música. El testimonio de esa persona contradecía mi versión y ponía en duda mi palabra.


Pasados cuatro años se celebró el juicio. Un juicio no juicio, ya que la jueza se negó a celebrarlo decantándose por creer a la testigo, sin interés alguno en escuchar mi versión. Pidió a los abogados que llegasen a un acuerdo. La aseguradora no ofreció ninguna indemnización a menos que retirase la denuncia. En ese caso, recibiría 7.000€, que era la suma exacta de gastos que yo había presentado.


Mi abogado me aconsejó que retirase la denuncia, porque no iba a ganar el caso con ese testimonio en mi contra y con la predisposición de la jueza. Aunque anular la denuncia significaba que no habría ni multa para el conductor ni indemnización alguna. Yo, habiendo gastado todos mis ahorros en mi recuperación, pensando que el castigo que merecía el conductor no existía o no lo iba a recibir, e imaginando como iba a ser humillada por una mentira, acabé retirando la denuncia.


Mis recuerdos son más complejos y significativos que los hechos. Cuando caí al suelo tras ser embestida por el coche que no frenó ni al notar el impacto con mi cuerpo, lo único que me preocupaba ahí tumbada era saber si mis dos pies apuntaban en la misma dirección. Recuerdo la sensación de estar viviendo una película cuando oí que tenía la pierna “muy rota” y que entraba en quirófano. Me pasaban mil cosas por la cabeza, como por qué no paró el coche antes o el disgusto que iban a tener mis padres al recibir una llamada como la que iban a recibir. Sin embargo, viviendo el episodio más inverosímil de mi vida, invadida por el dolor, recuerdo que, al llegar al hospital, mi gran preocupación era que me estaba meando. ¿Y cómo iba a hacer pipí, si el roce de una sábana sobre los dedos del pie me dolía como si tuviese a un elefante sentado encima?


Las sesiones de rehabilitación eran pequeños actos de tortura consentida. Hasta que no entiendes que el dolor es la única manera de mejorar y recuperarte, lo pasas muy mal. Te cuesta confiar en el fisioterapeuta, una persona a quien no conoces de nada. Después de todo, volver a caminar como antes depende de lo que te haga y de lo que te mande hacer. El trayecto de casa al centro de fisio era un acto de valor diario. Recuerdo a un taxista que me vio entrar en el coche con dificultad y con la pierna tiesa y me preguntó qué me había pasado. Le dije “me han atropellado” y me respondió “pues estarás contenta, que te van a llenar los bolsillos, nena”. Todavía hoy me trastorna su comentario.


Volver a cruzar una calle fue otro desafío. Me lo pensaba tanto que podía estar en una esquina plantada, incapaz de moverme, mirando el semáforo cambiar de colores hasta 10 veces seguidas. Más adelante, el esfuerzo fue evitar cruzar la calle “esprintando” torpemente, pero como si de repente me persiguiera un velociraptor hambriento.


También me costó superar el hecho de que, a pesar de buscar testimonios poniendo carteles a diario, hablando con vecinos y con los comercios de la zona del atropello, no recibí ni una sola llamada. Sobre todo me era incomprensible porque caí delante de la terraza de un bar. Me rodearon muchísimas personas inmediatamente después de caer al suelo y pegar un grito aterrador. Me asusté a mí misma, pero al verme tumbada en el asfalto, sin poder mover las piernas, temía que el conductor no me viese y continuara su camino pasándome por encima con su coche. Así que grité con la angustia de alguien que cree que será ese su último sonido en este mundo.


También me fue muy difícil entender que hay gente que se dedica a mentir y que debo aceptarlo. No se puede hablar con quien no quiere escuchar. No sé como alguien se inventa toda una historia y se la cree hasta el punto de hacer una declaración jurada de ello. Hay que tener muy presente que uno se puede confundir o equivocar. Afirmar rotundamente algo que no has visto es muy peligroso y perjudicial para ti y para los demás.


Por último, sobre el juicio no juicio recuerdo tres cosas. Una es la primera y única vez que el conductor se dirigió a mí y me dijo: “Oye, qué tal, escucha, perdona que no te haya llamado ni nada en todo este tiempo. Es que mi abogado me aconsejó que no lo hiciera”. No se acercó a mi tras atropellarme. Y cuatro años más tarde: cero explicaciones, cero disculpas, todavía cero empatía. Esa frase y nada más. Nunca supe ni por qué se distrajo al volante.


También recuerdo la pérdida de dignidad de aquel momento final en los juzgados. No podía dejar de llorar, temblaba, caminaba de un lado a otro de los pasillos y de aquella sala vacía de humanidad, deliberando si firmaba o no la anulación de una denuncia que debería ser automática e inamovible. Creo que nunca me he sentido tan acorralada y humillada al mismo tiempo.


En tercer lugar, recuerdo firmar y sentir que mi mundo cambiaba por haberle dado una puñalada a mi sistema ético. Dejé el boli en la mesa y dirigí mis pasos hacia la jueza. Mi abogado me cogió del brazo preguntándome a dónde iba. Le miré, me soltó el brazo y conseguí acercarme a la Sra. jueza. Le pregunté que si creía en la justicia, que si le parecía que estaba haciendo un buen trabajo aquel día y le pedí que, por favor, se replanteara sus valores. Su cara al verme delante suyo reflejó una mezcla de terror y desconcierto absoluto. Aún recuerdo sus ojos desorbitados mientras me acercaba y sigo sin entender de qué tenía miedo y por qué.


Además de hechos y recuerdos, llevo en el corazón todo el agradecimiento que me cabe hacia el equipo médico que me operó en el Hospital Clínic de Barcelona y a los fisioterapeutas que me trataron. Desearía no tener secuelas pero, a pesar de tenerlas, gracias a ellos puedo caminar, correr y saltar. Puedo protagonizar casi todas las aventuras que me atreva a probar. He tenido mucha suerte. Todos los médicos quedaron asombrados con mi recuperación. Yo conseguí entender que había hecho todo lo que podía por mi pierna.


Si yo pude conseguir estos resultados partiendo de una radiografía desastrosa, pero contando con el trabajo e implicación de tantas personas, creo que todos y todas podemos mejorar cualquier cosa que nos propongamos, si trabajamos en equipo. Cada acción individual puede cambiar el mundo, pero lo que podemos conseguir sumando nuestras fuerzas es inimaginable.


Cuando tengo dudas al respecto, miro mis cicatrices y vuelvo a creer que todo es posible. Pero no necesitamos una cicatriz, sino cosechar la empatía, pensar en los demás cuando trabajamos, cuando conducimos, cuando actuamos. No estamos solos. ¿No es mejor cuidar los unos de los otros que despreocuparnos de los demás, maltratarlos o matarlos? Yo creo que sí.


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