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Reflexiones en pandemia 12

Tras el intento de ayudar a las personas que se han quedado sin ingresos por las consecuencias de la pandemia, debe llegar una reflexión urgente. El Ingreso Mínimo Vital no se ha aplicado como era necesario y no ha cumplido con su función. En 4 meses solo el 1% de destinatarios lo ha recibido. Sin embargo, el fracaso burocrático y organizativo no debe entorpecer el avance de una idea que ya hace tiempo que funciona con resultados positivos en otros países. Se trata de la renta básica: un ingreso económico previo a la necesidad que garantiza las necesidades básicas para vivir. Juan A. Gimeno analiza la cuestión y expone su viabilidad en el artículo: Tras el IMV, preparar la Renta Básica. Además de ser un medio para poner fin a la pobreza, es un arma para luchar contra la precariedad, el desempleo actual, la desaparición de puestos de trabajo y los abusos de algunas empresas hacia sus empleados. Si tu vida no depende de tu sueldo, tienes mayor autonomía para tomar decisiones, aceptar o rechazar trabajos e invertir en formación; por no mencionar el potencial que presta para dedicarse a actividades artísticas y creativas que están infravaloradas en el sistema económico actual.


Existen otros argumentos para defender la renta básica que son menos conocidos, pero igual de importantes. Se exponen claramente en el artículo Salud mental y derechos humanos. Las personas que sufren algún trastorno mental severo son el colectivo con mayor desempleo en nuestra sociedad. En realidad: “Todas las personas somos diversas y el malestar psíquico es algo que nos afecta a todas, todas pasamos por momentos altos y bajos a lo largo de nuestra existencia. (…) El suicidio es la principal causa de muerte violenta por encima de los accidentes de tráfico y hay de media 10 suicidios al día”.

Ante estas constataciones, Sergi Raventós, autor del artículo, sugiere: “Todas las personas somos capaces en unas cosas e incapaces en otras. Lo que tiene que hacer la sociedad es garantizar la igualdad de oportunidades haciendo universalmente accesibles los derechos, las prestaciones, los bienes y los servicios para todas las personas independientemente de cuáles sean sus condiciones e independientemente de su situación socioeconómica”. No tengo nada más que añadir y me parece necesario señalar esta problemática, ya que no se plantea lo suficiente como para dar con soluciones.


Desde su aparición me llama la atención una etiqueta en el envasado de carne en supermercados que especifica: Bio, orgánica o ecológica. Se entiende que no se refiere al trozo de carne, sino a la alimentación que ha recibido el animal que ha sido descuartizado para la venta. Es indignante que se salten al individuo en cuestión, como si ese trozo de carne apareciese de la nada o fuese fabricado biológicamente.

Sé que esto forma parte de una campaña de márketing que nos informa de que esa carne es más saludable, ya que los animales de los que proviene han recibido una alimentación de mayor calidad que el resto. Las granjas de los animales que reciben esta alimentación suelen ser más pequeñas, como las de ganadería extensiva.

Este tipo de explotación suele estar mejor visto, puesto que los animales tienen acceso a ciertas condiciones de vida mucho mejores que las de macrogranjas, donde no salen al exterior excepto para su traslado a un matadero. Algunos empresarios cuyo negocio consiste en este tipo de explotación solían decir que era una forma de contaminar menos para producir carne.

Sin embargo, ahora un estudio desmiente este argumento para siempre: “El ganado orgánico no se alimenta con pienso importado y se suelen alimentar de hierba, pero esto significa que producen menos carne y crecen más despacio, por lo que pasan más tiempo emitiendo gases de efecto invernadero.

Las hortalizas orgánicas conllevan la mitad de coste climático que la producción convencional, ya que no requieren fertilizantes químicos, pero todas las hortalizas causan muchas menos emisiones que los productos animales”. Es decir, todo tipo de explotación animal genera más contaminación que la producción de cualquier plantación de vegetales. Esto debería hacernos recapacitar, ya que dejar de consumir productos de origen animal está en nuestras manos.

Imaginemos el impacto positivo que podríamos tener sobre el medio ambiente de nuestro planeta si dejásemos de consumir productos cárnicos. Acabo citando la conclusión del artículo: “Además de los daños medioambientales, los altos niveles de consumo de carne en países ricos están dañando la salud de las personas. Una investigación de Springmann y otros en 2018 estimó que sería necesario cargar un 20% de impuestos sobre la carne roja para cubrir los costes en sanidad relacionados a su consumo y un 110% de impuestos sobre los productos procesados como el bacon, que son más perjudiciales.”

Un resumen en castellano del mismo estudio está disponible en este enlace de de la web Igualdad Animal.


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