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Sentirse útil

Existe una gran diferencia entre ser útil y sentirse útil. Podríamos suponer que todos los humanos somos útiles, porque tenemos inteligencia y conciencia de lo que hacemos y somos seres dinámicos que actuamos. Pero, ¿cómo actuamos? ¿Bien? ¿Mal? ¿Somos útiles cuando somos malos? ¿Para quién? ¿Cómo calificar lo que es un acto bueno? Y por otro lado, ¿todos los actos buenos son útiles y positivos?


Tantas cuestiones sin resolver dejan claro que saber si uno es útil no es fácil. Analicemos ahora lo que es sentirse útil. Cuando ayudamos a alguien, nos sentimos útiles. También cuando diseñamos, creamos o fabricamos algo que hace la vida de los demás, más fácil. Nos sentimos útiles cuando nos encargan una misión y la conseguimos con eficacia. Igual que cuando nos acordamos de algo que hicimos y nos dejó un buen recuerdo que nos reconforta ahora.

¿Cómo actuamos? ¿Bien? ¿Mal? ¿Somos útiles cuando somos malos? ¿Para quién?

Tengo la sensación de que en este mundo de hoy nos exigen ser y sentirnos útiles al máximo, pero cada vez se nos invita más a menudo a ir a la nuestra. Creo que en el intento por lo uno o lo otro, dejamos de pensar en los demás para centrarnos en nosotros mismos. Dejamos que nos digan cómo y qué nos hace útiles y compramos el concepto de lo que es sentirse útil. La voluntad publicitaria y el marketing subliminal envuelven nuestros deseos hasta convertirse en un filtro por el que se cuela todo lo que hacemos.


Nos olvidamos de anhelos, necesidades y sueños que una vez tuvimos para reemplazarlos por la próxima novedad. Nuestro criterio propio está pasando a segundo plano y se va apagando a medida que el filtro dominante se hace más inescapable. Como consecuencia, muchas personas creen que son útiles y se sienten útiles, pero no lo son. Viven sus vidas metidas en la imagen de un mundo perfecto según un filtro artificial y determinado por unos intereses, que pueden coincidir o no con los suyos. Sus identidades se convierten en la apariencia que más les conviene, según dicte la ocasión.

Muchas personas creen que son útiles y se sienten útiles, pero no lo son.

De esta manera, poco a poco, dejamos de pensar sobre qué vinimos a hacer aquí, cuál era nuestra misión, objetivos y motivaciones. Entonces, en periodos de nuestras vidas durante los que no trabajamos u ocupamos trabajos que no nos hacen sentir útiles según el filtro que nos hemos impuesto, entramos en una gran confusión metafísica. En estas situaciones temporales o cuando a nuestro cuerpo le pese la edad, tal vez intentemos escapar del filtro y nos atrevamos a recuperar nuestros pensamientos. Puede que vayamos más allá y nos planteemos: ¿Estamos aquí para ser útiles o para ser felices? ¿Por qué no ambos? ¿Somos felices siempre que somos o nos sentimos útiles? ¿Entonces por qué no dejamos de perseguir la felicidad y buscamos nuestra utilidad?


Aquí está la trampa; hemos adquirido conceptos erróneos de lo que es útil. Por un lado cada vez cuesta más huir de los objetos materiales que nos hacen útiles al sumarse a nuestras capacidades, pero nos convierten en inútiles cuando prescindimos de ellos. Algo que nos hace la vida más cómoda no siempre nos beneficia. Pensemos en el sedentarismo que nos amenaza, como consecuencia de los servicios que nos son ofrecidos online, para nuestra conveniencia.

Nos han convencido de que la razón por la que respiramos es alcanzar una meta.

Por otro lado, nos han convencido de que la razón por la que respiramos es alcanzar una meta. Si no hacemos miles de cosas que parezcan tener utilidad (la tengan o no) somos inútiles. Si no alcanzamos esas aspiraciones tan aparentemente necesarias, fracasamos. Pero si nos sobreponemos y encontramos una nueva meta, volvemos a ser reconsiderados, aptos y útiles para otra cosa, o lo siguiente y lo siguiente y lo demás. Siempre hay una y otra, y otra meta que debemos cruzar.


Cuesta llevar una vida menos competitiva (con uno mismo o con otros) y más contemplativa, regida por valores que parecen ya de otra época. Es difícil centrarse en vivir el día a día, aunque sean días iguales que los anteriores; cuesta disfrutar de la generosidad dada y recibida, no se favorece la conversación (sin intereses de por medio) o el intercambio de opiniones; no se hace ningún esfuerzo por conocer nuevas perspectivas, ni se intenta resolver problemas ajenos. Incluso se está perdiendo la garantía de tener a alguien a tu lado cuando le necesitas o estar junto a alguien cuando te necesita. Han aparecido compromisos aparentemente ineludibles, se ha acentuado el egoísmo y el uso de mentiras elásticas.

Cuesta llevar una vida menos competitiva (con uno mismo o con otros) y más contemplativa, regida por valores que parecen ya de otra época.

La vida que se lleva actualmente está centrada en tener múltiples metas (contra más mejor, porque pareces más eficiente de lo que tienes capacidad de ser). Tienes que educar a uno o más hijos (o saturarlos sobre-educándolos), lo cual implica llevarlos a un buen colegio, conseguir que coman equilibradamente y que lleven la ropa bien conjuntada y pulida; debes poder mantener una casa (cuanto más grande mejor), con su logística de enseres y su estado pulcro y ordenado constante. También se requiere escalar puestos o tener trabajos con unas condiciones supuestamente mejores que las de los años anteriores. A esto, que suele ser la base para ser útil en la sociedad, se suman extras como tener un coche grande (familiar o monovolumen), hacer unas vacaciones fuera de casa (si es lejos, mejor), celebrar los cumpleaños anuales de tus hijos como si fuesen la última celebración que hacéis en la vida, etc., etc.


Creo que merece la pena revalorizar lo que hacemos y el grado de satisfacción que nos otorga. El sistema económico en el que se hunden nuestras vidas nos ha convencido de que somos útiles por el mero hecho de tener y de consumir. Además, nos acomodamos y nos acabamos creyendo que más es mejor; que contra más cosas hacemos, mejores y más útiles somos, que contra más tenemos, más valemos (por encima de otras personas incluso).

Hoy es necesario recuperar la posibilidad de ser más contemplativos. Ha llegado el momento de consumir menos y reflexionar más. No pasa nada si no tenemos todo lo que nos dicen que debemos tener, ni todo lo que creemos que necesitamos. Tampoco hay que tener mil experiencias al día, viajar a todos los países “de moda”, contar todo lo que hacemos o nos pasa, ni probar todo lo que se cruza en nuestro camino (para poder contarlo luego, simplemente).

No nos dejemos arrastrar por la importancia de las apariencias.

Centrémonos en lo que tenemos delante y a partir de ahí, decidamos qué necesitamos, qué queremos realmente y por qué. No nos dejemos arrastrar por la importancia de las apariencias. Dejémonos llevar por cómo nos sentimos y cómo nos vemos a nosotros mismos con nuestros ojos, no los de un filtro ajeno. Podemos coger impulso, pero no deberíamos ir acelerados a todas horas. Bajemos el ritmo para saborear lo que probamos y no nos llenemos la boca con más, sin haber acabado de disfrutar la última molécula de lo que escogimos primero.


Por supuesto esto va enfocado a las personas privilegiadas que tienen sus necesidades básicas cubiertas. Pero también deben constar aquellos cuya lucha es precisamente conseguir sobrevivir. Ellos también se sentirían mejor si dejásemos de bombardear nuestras cabezas con la agresividad del consumismo. Creo que a todos nos ayudaría ver que es posible no hacer todo lo que podemos permitirnos, ni tener más de lo que podemos pagar.

Admitamos que aquel que hace menos no es menos útil y no tiene por qué sentirse inútil. Cada persona tiene unas capacidades, unas habilidades y un ritmo y no por ello debe ser discriminado, porque todas las personas podemos mejorar, aprender y evolucionar. No para ser más, sino para ser mejores.

Admitamos que aquel que hace menos no es menos útil y no tiene por qué sentirse inútil.

Recordemos que las cosas y acciones tienen el valor que queramos darles. Aquello que reporta felicidad a los demás debe ser considerado como lo más importante del mundo. Aunque no produzca beneficios económicos, aunque no sea la imagen más extendida o la acción más aclamada del momento, aunque nos digan que no merece nuestra atención, ese gesto tiene más mérito que todas las apariencias dictadas por un filtro ajeno, que condiciona nuestra visión del mundo.


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