• UnaLijadora

Vacunarse en contra de tu voluntad

Llegó el momento de la decisión: ¿vacunarse o no vacunarse? Pero ¿realmente nos han dejado opción a elegir? Este artículo va dedicado a las personas que se han esforzado por mantener a raya al virus de la COVID-19. Aquellas que han llevado mascarilla desde que la han tenido en las manos, ajustada a la cara. Sin dejar holgura, sin sacar la nariz fuera, sin subírsela cual tic nervioso con los dedos pellizcándola en su centro.


Doy las gracias a las personas que han pensado en todo momento en el desbordamiento absoluto de un trabajo difícil para todos y todas quienes trabajan en hospitales. Agradezco a todas las personas que protegieron a las demás a pesar del sacrificio, la privación, la represión que implicaba para muchas. Gracias por respetar medidas como salir poco a la calle y no visitar a amigos, familiares o conocidos. También por no desplazaros a ningún lugar por ocio. Gracias por ceñiros a cubrir las necesidades básicas cambiando hábitos, reemplazándolos por actividades estáticas o posponiéndolos, entendiendo que no había más remedio que hacer aquello y no lo otro.


Estoy muy agradecida a las personas que usaron gel hidroalcohólico en las tiendas y supermercados antes de tocar los artículos. A las personas que antepusieron el no hacer daño a hacer lo que les apetecía. A aquellas personas que siguieron todas las normas a pesar de saber que eran contradictorias. A quienes lucharon por conseguir el riesgo más próximo al cero. A quienes no subestimaron las capacidades de este virus. A quienes no se creyeron invulnerables o invencibles. A esas personas que supieron dejar a un lado sus intereses individuales y se centraron en cumplir las restricciones que hicieron falta por el bien de una comunidad. Personas que entendieron que la mejor opción era evitar contagios, para evitar mutaciones, para ahorrarle a alguien cualquier molestia, sufrimiento o muerte. Gracias por no jugárosla a exponer a nadie a “gripes leves” o a los efectos de un virus asfixiante que destruye pulmones y que puede dejar secuelas graves.


Gracias a aquellos que se impusieron el deber personal de proteger a los demás y aguantaron insultos, cabreos, malas caras, discusiones, mala educación y malos tratos, porque “no era para tanto”. Gracias a quienes pensaron en los familiares que perdían familiares, a las personas que perdían a personas amadas y quisieron ponerlo todo de su parte para evitar su dolor; sin hacer las cosas a medias ni de manera intermitente.


Gracias a quienes fueron constantes en la lucha. Sí, en una lucha mal enseñada, mal entendida y mal cuestionada. Esta es la única explicación que me queda para entender que hayamos llegado hasta aquí. Si no fuese por las vacunas, el virus hubiese ganado la partida. Se ha propagado casi todo lo que ha querido, ha mutado a gusto y sigue matando, dejando secuelas de por vida y haciendo pasar una mala época a muchas personas.


¿Y si llegan a tardar un poco más de tiempo en llegar las vacunas (como sucede en algunos países de este mismo mundo)? Aquellos que no entran en este agradecimiento ¿creían en la supremacía humana de los científicos para desarrollar la vacuna tan pronto o les daba igual todo? ¿Por qué se expande esa sensación de que ya no podíamos aguantar más tiempo las restricciones? ¿Por qué llevar mascarilla, mantener distancia y desinfectarse las manos ha sido tan complicado? Cualquiera diría que se requería una fuerza física descomunal para aguantar la mascarilla en el rostro. Si todos sabíamos que era una medida temporal ¿por qué les costó a tantas personas cumplir con ello?


¿Hemos olvidado lo que es un compromiso y lo que implica? Diría que sí, que nos hemos rendido a la comodidad y al egoísmo de un carpe diem mal entendido. Hay que aprovechar el tiempo, sí. Pero ¿cueste lo que cueste y sin pensar en las consecuencias de lo que hacemos y sin tener en cuenta si perjudicamos a los demás? No, porque querremos seguir aprovechando nuestro tiempo, sin morir en el intento. Lo que deberíamos hacer para que nos fuese mejor es aprovechar el tiempo en la situación en la que estemos: disfrutar del lugar en el que estamos, de con quien estamos, de qué tenemos, de qué podemos hacer en un momento determinado y de qué queremos hacer. Es así como nos aseguramos de que nada se nos escapa. Y si de paso, nos paramos a pensar si hay una manera de hacer lo que queremos sin dañar a otros, conseguiremos una sociedad con una ética sólida, basada en el respeto de todos y de todas.


Con el paso del tiempo, muchos verán la vacuna como una victoria, una muestra más de la supremacía del conocimiento humano para superar adversidades. Yo la veo como una derrota. Aceptar ponerme la vacuna es aceptar la derrota de muchas cosas: de la solidaridad, del interés por el bien común y de la empatía.


Han ganado las empresas farmacéuticas, ha ganado el sistema económico aferrado a un individualismo cruel, alimentado por el egoísmo de la gente y una hiperidealizada “libertad”. Se está imponiendo un deseo de que todo siga como antes y a muchas personas les parece bien, porque “no se puede vivir sin poder hacer lo que queramos en todo momento ¿no?”. Pues yo creo que sí, sí que se puede. Aprendamos de la vida. Hay cosas que no podemos conseguir, ni tener ni sentir ni probar. ¿Y sabéis qué? No pasa nada. Quienes quieran recuperar y seguir apostando por un consumo extremo que consiste en la acumulación de cosas y de experiencias, adelante; seguid acelerando nuestro camino hacia el abismo del colapso mundial.


Sin embargo, aquellas otras personas que tras esta pandemia se replantean hábitos y costumbres, aquellas personas valientes que se han cuestionado y prefieren cambiar de rumbo y de ritmo tienen mi admiración y profundo agradecimiento. Si queremos, podemos cambiar el mundo. Podemos vivir de otra manera, sin tener que obedecer a nada, simplemente entendiendo lo que es necesario hacer o no hacer en cada momento o época, siendo responsables de nuestras acciones y de nuestras decisiones. Existe otro tipo de turismo que no implica coger aviones, otro tipo de ocio más allá de tomar una cerveza en una terraza. Podemos alimentarnos y vestirnos sin apoyar una explotación animal que conlleva un alto riesgo de futuras enfermedades de zoonosis, como la COVID-19. Admitamos que es necesaria otra relación con el resto de animales y con la naturaleza que todavía sigue viva.


No seré la única que se vacuna en contra de su voluntad por diversas razones. Pero anteponiendo el estado de salud colectiva a nuestras dudas individuales, habrá que pensar que al menos así, vacunados y vacunadas, ponemos freno a la mutación del virus y evitamos muertes y dolor. Entonces, nos tocará decidir si seguimos actuando como ingenuos o ignorantes en busca de la próxima pandemia o cambiamos para que esta sea la última cruzada.


Nadie nos va a felicitar ni falta que hace, pero sí he querido reconocer los esfuerzos de una gran parte de la población (me gusta pensar que hemos sido muchas personas) para que consten cuando alguien estudie como fue la lucha a lo largo de esta pandemia sin precedentes.


Por cierto, los demás ¿se van a estar quejando de las mascarillas hasta el último día? Basta, por favor. Todos hemos llevado la “puta mascarilla”. Seamos responsables de nuestros actos, apostemos por la empatía y dejemos de quejarnos por las medidas de prevención que nos han protegido. Entendamos que todo lo que merece la pena cuesta un esfuerzo. Actuemos por un futuro mejor.

301 vistas

Entradas Recientes

Ver todo