• UnaLijadora

MARCHARSE

Me han dejado solo, pero no me importa. Lo último que querría es poner en peligro a las personas que amo y lo que más deseo es que otros tengan una oportunidad, que yo ya no tengo. Sé que me marcho y no hay nada que nadie pueda hacer por mí. No me esperaba que fuese en este momento. Ahora que me acababa de jubilar, que había hecho las paces con hermana Pilar, que había aprendido cómo funciona el maldito Skype para hablar con mis hijos, ahora que había dejado de fumar y me había lanzado a caminar cada día una hora…


Justo cuando me sentía mejor que nunca, de un día para otro, así sin avisar, la naturaleza me tumba. Me ingresaron en este hospital la semana pasada. Es donde mi hija dio a luz a mi nieto. Eso es algo significativo, ¿no? Me da cierta paz, porque aquí sentí cosas muy bonitas que me unieron a mi familia. No se olvidan las primeras sonrisas que un bebito te regala.


No imaginaba irme así, en este lugar, en estos momentos, pero supongo que no estaba en mis manos elegir. De todas formas, me alegro de haber imaginado otras maneras, porque ahora me alivian. Evitan que me deje llevar por esa intensa tristeza que me oprime el corazón a ratos, solo cuando más me cuesta respirar. Estar así es incómodo, doloroso, agobiante, asfixiante e incluso insoportable. Pero no es más que esto, un trozo de tiempo del que pronto dejaré de formar parte.


En mis años he aprendido a no dejarme vencer por las cosas malas y desagradables que me ha tocado vivir. Me he enfadado mucho y con mucha gente, muchas veces. Me han hecho daño y he hecho daño. Sin embargo, siempre he creído que es mejor esforzarse por estar bien con uno mismo y con los demás; que esforzarse en seguir hundido en la causa de un dolor caduco. No me gusta arrastrar la angustia. Por eso ahora, en esta prueba final, creo que debo dejarme el alma en mantener la calma, la alegría por lo vivido, las curiosidades de lo compartido y la satisfacción de lo disfrutado.


Debo estar preparado para este último desafío. Aunque tengo la cabeza densa y pesada, tengo la suficiente conciencia como para intentar salir de esta de la mejor manera. He hecho los deberes. Tengo la suerte de poder decir que no me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida. De joven, en seguida me di cuenta de que más vale fracasar, que no lanzarse nunca. He aprendido más de mis errores, que de mis logros. Nunca me ha costado pedir perdón y he forjado amistades que ahora me dan fuerza, porque las siento más cerca que nunca.


No necesito una mano en la mía que sufra por mí. No me daría ningún sosiego, no quisiera que nadie sufriese por mí. ¿Qué tipo de persona querría eso? Así es mejor. Me voy más arropado de lo que vine, ¡que ya es mucho! Me marcho con dolor, pero sin tristeza. Estoy con mi mujer, con mis hijos, con mi nieto, con mi perro Tom, con mi gato Frank, con mi amigo César, con mi amiga Carmen, con mis compañeros de dominó, con mi peluquera Ana, con el Dr. Domingo, con mi librero Miguel, con mi hermano Jose, con mi hermana Pilar, con los médicos y enfermeras abejillas que no paran de aletear a mi alrededor desde que llegué aquí.


No los veo, ni los oigo, ni tampoco necesito tocarles para sentir que están conmigo. Tengo la misma sensación que tuve cuando perdí a mi hermana María por el cáncer. Estábamos muy unidos y fue un golpe duro del que me costó recuperarme. Pero pude seguir adelante cuando entendí que no podía echar de menos a alguien que no había perdido. No volví a tomar un café con ella el sábado por la mañana, en la cafetería de la esquina cerca de su casa. No volví a escuchar su voz al teléfono cada día, a las ocho de la tarde, para saber cómo había pasado el día. Pero poco a poco, la parte de mi hermana que había ido impregnando mi corazón para quedarse se fue manifestando con más y más fuerza. Mi hermana ya no estaba aquí. No la iba a encontrar por mucho que la buscase y no iba a volver, porque nunca se había ido. Al fin entendí que seguía conmigo, en mí. No estaba, pero seguía aquí de otra manera. Cuando aprendí esto, sólo tuve que acostumbrarme a sentirla sin necesidad de verla, ni oírla, ni tocarla.


Ahora que lo pienso…tal vez debería imaginarme algunas cosas que ya no podré presenciar. Quizá no pueda soñar allá donde voy. Y si sólo son recuerdos lo que puedo llevarme, voy a imaginar un futuro donde me habría gustado estar. Qué guapa va a ser mi nieta y qué lista. Me la imagino cargada de libros, en la universidad. Y qué buena la última novela de mi hijo. Ha conseguido escribir más de una docena y tiene un montón de lectores que le siguen cada paso, animándole a seguir escribiendo. Mi hija ha conseguido cerrar cinco mataderos en España y ha convencido a miles de personas para que dejen de comer carne. Es tan comprometida como cabezota. Al final conseguirá hacer de este un mundo mejor para su hija.


Me voy orgulloso de todos aquellos a los que amo. Me los llevo conmigo para no echarles de menos, allá donde sea que voy. Como no se sabe, voy a elegir creer que voy a algún lugar donde volveré a encontrarme con ellos. Estaría bien, porque nadie mejor que mi mujer para ponerme al día y recuperar así las historias que me habré perdido.


Me marcho, pero sigo en todos vosotros. No me busquéis y no sufráis, que yo soy feliz.


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